Letras de pago chico

Griselda Analía Frachia. Nació el 4 de agosto de 1962 en la ciudad de Trenque Lauquen. Docente jubilada.
La narrativa en forma de cuentos es su forma de expresarse. Participa en concursos desde el año 1997.
Ha recibido numerosos premios en diferentes provincias como Chaco, Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires.

Vergonzoso Secreto

Puntualmente a las 17,20 hs. de todos los viernes llega Daniel a la biblioteca del pueblo; si la bibliotecaria supiera lo que oculta se moriría de vergüenza.
Aferrado amorosamente a su mano callosa por el trabajo va su hijito, un pequeño de ojos vivaces y curiosos.El niño tiene tres años y una particular predilección por los libros.Después de mirar varios retiran uno y se van sonriéndose entre sí, cómplices del momento anterior a disfrutar la historia.
Y como todos los viernes el ritual impuesto por la costumbre se cumple paso a paso.
Daniel compra una leche chocolatada en el kiosco situado en la esquina de la biblioteca, llegan a la plaza, se sientan en el mismo banco todas las veces, ése que está debajo de un árbol de permanentes hojas verdes, que los protege del sol y del viento.
Pegadito a su papá el niño toma rápido su leche chocolatada y su respiración se agita de emoción anticipada.¿Qué historia narrará el cuento esta vez?¿Será la de aquel gato que vestía con botas, sombrero y llevaba espada?¿La de la bella princesa de pelo negro y tez blanca, que cantaba y bailaba con enanos que llevaban gorros largos, cuya punta caía sobre sus nucas?¿O será aquel cuento de la niña que llevaba un abrigo rojo y hablaba con un lobo en el bosque?
Daniel abre el libro y el cuento empieza a vivir en su voz.Tiene una expresividad innata para contar y el niño, extasiado, escucha en silencio a su padre y su imaginación corre, vuela, salta al compás del relato.
Al terminar, Daniel suavemente, casi como una caricia cierra la tapa del libro, porque para él los libros son joyas que hay que cuidar; por eso su hijo siente tanta predilección por los mismos, lo ha heredado de su padre.Un padre que llegó a ese pueblo buscando trabajo y desde entonces es el encargado de la plaza.Una plaza bastante descuidada, desprovista de atractivo, plantas secas y flores descoloridas no invitaba a pasar un rato en ella.Los habitantes pasaban de largo antes de que él llegara. Daniel ha puesto todo su empeño y sus conocimientos transformándola. El lugar ha florecido bajo sus cuidados y él se siente orgulloso.
No es casualidad que lleve a su hijo allí, desea que el niño admire su trabajo, que sienta orgullo por él.Al menos por ahora… Ya llegará el día en el cual el hijo descubrirá lo que oculta y probablemente se decepcione.
Pero no quiere pensar en ese momento, lo angustia sobremanera.Desearía seguir con el ritual de los viernes, encapsular esas tardes en una burbuja mágica, para flotar por siempre en un espacio sin tiempo, ni lugar.Sabe que eso no existe pero la imagen lo ayuda a serenarse.
Pero el tiempo pasa sin que pueda detenerlo y para Daniel es una daga invisible que corta poco a poco sintiendo que recibe una pequeña incisión cada día que pasa.Es un dolor punzante que le recuerda que debe revelar su verdad.Pero ¿cómo hacerlo?
Se imagina la carita de su hijito, sorprendido y desencantado de él y sigue callando.
Para mitigar su padecimiento, trabaja más horas de lo que corresponde, eso lo ayuda un poco a calmarse.A pesar de su gran inquietud, todos los viernes a la misma hora sigue yendo a retirar libros de cuentos a la biblioteca con su hijo.
Sin él proponérselo impone una nueva costumbre, se puede ver a distintos horarios y diferentes días a los mayores leyendo libros a los niños en, ahora, la bella plaza.
Y entre viernes de cuentos y el cuidado de la plaza el tiempo sigue pasando y la angustia va creciendo.Todas las noches se acuesta decidido a decirle la verdad a su hijo, pero a la mañana no puede.Las palabras mueren antes de salir de su boca y le queda el gusto amargo de la derrota.
¿Omitir es mentir? Se pregunta.No encuentra respuesta.Lo único que sabe con certeza es que debe ser él, quien le diga la verdad a su hijo. Ya está por cumplir los 6 años. En poco tiempo, después del verano, comenzará la escuela. Debe hacerlo antes, debe hablar antes de que su hijo lo descubra por sí solo. Nunca encuentra el momento apropiado y el dolor de la daga invisible ya se está tornando insoportable.Ya no puede resistirlo más.
Lo llama y con la cabeza gacha por la vergüenza le dice: _ No sé leer…
El niño no entiende: – ¿Y los cuentos que me lees siempre?
Con la voz entrecortada y la cara roja por el bochorno le explica que mira las imágenes y los inventa.
No se anima a mirarlo.
La manita de su hijo se posa sobre la suya diciéndole:
_Yo tampoco, aprendamos juntos.