La increíble historia de Guillermo Larregui, el “Vasco de la Carretilla” que caminó de Santa Cruz a Buenos Aires

En 1935 apostó a sus amigos que podía ir desde la Patagonia a la capital a pie, solamente con una carretilla. Y no solo cumplió, sino que hizo tres viajes más. En uno de sus viajes partió de Trenque Lauquen.

Por Marcelo Metayer, de la Agencia DIB

La imagen de una persona caminando a la vera de una ruta con una carretilla, dejando atrás kilómetros y kilómetros para llegar a un lejano destino a pie, nos parece algo extravagante hoy en día. Imaginemos la misma situación hace noventa años, sin comunicaciones salvo telegramas, sin tecnología, sin nada excepto la luz de las estrellas bajo la que Guillermo Isidoro Larregui Ugarte dormía noche tras noche en su carpa, en un alto de su caminata por los caminos del país con su inseparable carretilla. Esta historia asombrosa realmente ocurrió, y empezó como una apuesta, pero no por dinero, sino porque “si prometí que llegaba, tenía que llegar”, como afirmó Larregui. Cosas (increíbles) de vascos.

Guillermo Isidoro había nacido en Pamplona, en el País Vasco español, el 27 de noviembre de 1885. Llegó al puerto de Buenos Aires en el año 1900, para “hacer la América”.

Al principio trabajó como marino, pero cuando estalló el negocio del petróleo se trasladó a la Patagonia para conchabarse como peón en la Compañía de Ultramar, una multinacional estadounidense. Allí estuvo hasta 1935.

Guillermo Larregui, “el Vasco de la Carretilla”.
Guillermo Larregui, “el Vasco de la Carretilla”.

Ese año, al borde de la cincuentena, le hizo una apuesta a sus amigos que le cambió la vida.

“Nos hallábamos reunidos comentando los récords deportivos. Yo les decía que no siempre el ruido que se hace en torno de una prueba deportiva guarda relación con el esfuerzo”, comentó Larregui a Ecos Diarios, el periódico de Necochea, en su paso por la ciudad costera. “Yo me animaría, les dije, a cruzar toda la Patagonia a pie y a ir hasta Buenos Aires con una carretilla. Lo tomaron a broma y uno de ellos me trajo una carretilla. Luego, cuando vieron que yo me disponía a emprender el viaje y que la cosa iba en serio, se sorprendieron”, agregó el ya llamado en ese momento “el Vasco de la Carretilla”. O, también, “el Quijote de una sola rueda”.

Larregui llegó a Necochea el 20 de enero de 1936 y todavía tenía un buen trecho por delante. Había salido el 25 de marzo del año anterior desde Cerro Bagual, en Santa Cruz. Cruzó toda la Patagonia y entró a la provincia de Buenos Aires por Carmen de Patagones.

Equipaje

La carretilla que llevaba tenía una base de 70 por 110 centímetros y 30 centímetros de alto. Allí transportaba su carpa, una cama plegadiza con colchón y colcha, herramientas, utensilios de cocina, un calentador, juego de lavabo, cepillos, brocha, navaja, provisiones y libros. Todo esto pesaba más de 100 kilos.

Para caminar sin que se le cansaran los brazos había creado una especie de arnés con una correa sobre los hombros, mientras que la rueda había sido cubierta con un neumático de automóvil para que la marcha fuera más suave.

Hubo momentos en el trayecto en los que no la pasó para nada bien. Cerca de Trelew se le congeló un pie y casi lo pierde. Además, se enfermó al llegar a Tres Arroyos y de nuevo en San Cayetano, lo que retrasó su viaje.

Larregui contó más adelante que “he encontrado muchas personas buenas y ayudadoras en el camino, pero la mayoría ¡no me hablen! ¡Con decirle que los propios lecheros vascos que iba encontrando en los pueblos me cobraban la leche que les compraba!”.

Pueblo a pueblo

El “Vasco de la Carretilla” dejó huella en el territorio bonaerense y muchos diarios de la época mencionan su paso, como El Orden de Coronel Pringles, El Imperial de Coronel Suárez y El Popular de Olavarría.

El escritor Txema Urrutia, autor de “El vasco de la carretilla” (Txalaparta, España, 2001), asegura que estas apariciones en medios gráficos y radios formaban parte de una estrategia de Larregui. Porque era una de las maneras de financiar el viaje: el tozudo vasco vendía las exclusivas de las llegadas a los pueblos a los periódicos más importantes, y se tomaba fotos que comercializaba como postales.

Mientras tanto, caminaba y caminaba. El 23 de mayo de 1936 llegó a Burzaco, el 24 a Avellaneda –donde el Centro Español lo agasajó con flores y cintas de colores– y el domingo 25 armó su carpa frente a la redacción de los diarios Crítica Ahora. Había caminado 3.400 kilómetros durante 14 meses, y gastó 31 pares de alpargatas.

Ya en la Capital Federal se le ofreció en su honor una función en el Teatro Apolo y fue recibido en la Casa Rosada por el general Agustín Pedro Justo.

Había cumplido su objetivo, pero Guillermo Larregui iba por más. Poco tiempo después salió hacía Luján, donde le dejó su carretilla como regalo a la Virgen, a la que se había encomendado cuando partió en Santa Cruz.

La carretilla de la primera caminata de Larregui se exhibe en el Museo de Luján.
La carretilla de la primera caminata de Larregui se exhibe en el Museo de Luján.

Nuevas rutas

El 12 de octubre de 1936 se lanzó a la ruta de nuevo. Se había hecho otra carretilla en Coronel Pringles y salió hacia el norte. Volvió a cruzar muchas ciudades bonaerenses, dando reportajes a todos los diarios. Y en la cabeza tenía un destino: Nueva York, EE.UU. Tal vez lo inspiraba la travesía de los caballos criollos Gato Mancha, que habían arribado a la ciudad estadounidense en 1928, tres años después de salir de Buenos Aires.

Pero por razones que no están claras, Larregui “apenas” llegó a La Paz, Bolivia, luego de caminar 4.400 kilómetros.

Hizo dos viajes más: desde Villa María, Córdoba, hasta Santiago de Chile (2.018 km), y desde Trenque Lauquen a Iguazú, en 1944. Allí Larregui plantó la rueda de su carretilla y construyó su casa con latas vacías recicladas.

Falleció el 5 de julio de 1964. Se lo recuerda en la ciudad misionera con un monumento, y la carretilla de su primera hazaña se puede contemplar en el Museo de Luján como una reliquia de la voluntad humana.

Monumento que recuerda a Guillermo Isidoro Larregui Ugarte en el Parque Nacional Iguazú, donde vivió hasta su muerte.
Monumento que recuerda a Guillermo Isidoro Larregui Ugarte en el Parque Nacional Iguazú, donde vivió hasta su muerte.

“He llegado porque soy vasco”, le dijo Larregui al diario Crítica el 25 de mayo de 1936. “Soy vasco y tenía que llegar. Por eso pude terminar el viaje. Cualquier otro se hubiera quedado en las primeras etapas, ¡yo no! Había prometido hacer este viaje y lo hice”, afirmó el “Quijote de una sola rueda”. Cosas (increíbles) de vascos. (DIB) MM