La iglesia abandonada de Vivoratá, un enigma en ruinas a la vera de la Autovía 2

Por Marcelo Metayer, de la Agencia DIB

Fue construida por la viuda del estanciero Eustaquio Aristizábal, que le puso ese nombre al templo. Durante muchos años fue la iglesia del pueblo, hasta que el estado de deterioro, agravado por inundaciones, hicieron que cerrara en los años ’60 del siglo pasado. Pero hay quien dice que allí todavía mora “algo”.

Las iglesias abandonadas atraen a curiosos, turistas, fotógrafos y amantes de lo extraño por igual: la idea de un edificio que estuvo en contacto con la divinidad para después convertirse en ruina es muy sugestiva. En la provincia de Buenos Aires hay varios ejemplos de este tipo y quizás el más famoso es el de la capilla de la estancia Montelén, en Bragado, que luego de muchos años de soledad volvió a utilizarse para misas y eventos. Otro caso que llama la atención de los viajeros que se acercan a Mar del Plata por la Autovía 2 es el de la iglesia de “La Micaela”, en Vivoratá, a la vera de la ruta, a cien metros apenas de la cinta asfáltica. El coloso neogótico conserva la nobleza de sus formas pese al decaimiento general y su torre derruida. Y los pobladores cuentan que entre sus muros se esconde, entre los yuyos y las palomas, un secreto que hiela la sangre.

Todo comienza a fines del siglo XIX, cuando Vivoratá, fundada en 1886, era un pequeño poblado en el que se iba concentrando una comunidad de productores agroganaderos llegados del Viejo Mundo. Entre aquellos primeros pobladores se encontraban, entre otros, Martín de Arenaza, José Iparraguirre, Tomás Sáchero, Francisco Núñez, Antonio Urquiza y Eustaquio Aristizábal. Este último era un próspero comerciante llegado de Navarra, España. Antes de llegar al partido de Mar Chiquita trabajó como panadero. Una vez instalado en la localidad montó junto a su socio José Abásolo el almacén de ramos generales “La Bilbana”. Con el dinero obtenido pudo comprar en 1895 una estancia a la que nombró como su joven esposa, Micaela Ugalde.

Una réplica de la Catedral marplatense

Aristizábal murió en 1906. Su viuda, entonces, ordenó construir dentro de “La Micaela” el templo que, curiosamente, no estará dedicado a virgen o santo alguno sino que se llamará directamente “Eustaquio Aristizábal”. El edificio es una réplica en menor escala de la Catedral de Mar del Plata, la obra de Pedro Benoit inaugurada en 1905. Es una belleza en estilo neogótico, tan de moda entre el fin de siglo XIX y comienzos del XX, como lo atestiguan la Basílica de Luján y la Catedral de La Plata, planificadas en esos años enigmáticos.

La iglesia Eustaquio Aristizábal tiene tres naves con sus altares, uno al centro y dos laterales. En el subsuelo se construyó una cripta con seis nichos, para el matrimonio propietario del predio y cuatro familiares o amigos un altar revestido en mármol y una placa que simboliza la agonía de Jesús tallada en mármol labrado.

Otros lujos del edificio eran un órgano, un púlpito de madera tallada y dos pilas para agua bendita sobre columnas de mármol. Las aberturas y parte del mobiliario se trajeron de Francia.

Además del edificio principal, se habían construido una casa parroquial y una escuela.

La iglesia se inauguró el 22 de enero de 1911 y fue el primer templo católico que tuvo Vivoratá.

Mientras tanto, la señora Micaela, viuda de Aristizábal, continuó con su tarea benefactora y donó a Coronel Vidal las instalaciones del colegio San Miguel y del Hospital, que también lleva el nombre de su esposo.

Ataúdes bajo el agua

La mujer era el alma del lugar. Cuando falleció el templo comenzó a deteriorarse y en 1960 una gran inundación -la iglesia fue construida en una zona muy baja- afectó los cimientos y dejó daños estructurales irreparables. La cripta con los féretros de Micaela y Eustaquio se inundó y las columnas de la edificación comenzaron a derruirse. Más tarde los restos de los esposos fueron trasladados al cementerio de Coronel Vidal.

No obstante, San Eustaquio continuó siendo la iglesia de Vivoratá todavía dos años más, cuando se inauguró la capilla de Nuestra Señora de Luján. Dos años después cerró sus puertas de manera definitiva.

Voces y gritos

Tras sus derruidas puertas solo reinó el silencio. ¿O no? Porque por esos años terminó la historia de San Eustaquio y comenzó la leyenda. En Vivoratá todavía se comenta que tras la muerte de su mentora Micaela las personas que se hallaban en la iglesia y en la escuela anexa escuchaban por las noches voces y gritos de origen desconocido. El hecho incluso, precipitó el cierre del lugar, ya que los cuidadores, al parecer, no pudieron soportar el enigma de las voces del más allá y huyeron despavoridos.

Hoy en día, para el automovilista que pasa por el kilómetro 359 de la autovía en busca de las playas marplatenses es muy posible que la iglesia de San Eustaquio sea solo un detalle mínimo del viaje, una imagen entrevista a 130 kilómetros por hora. Si alguno se detiene, se va a encontrar con un monte de árboles añosos, una tranquera, y a unos cien metros los restos de la iglesia junto a altos yuyos.

El edificio no tiene puertas ni ventanas y sus paredes mohosas conservan el olor a humedad de aquella inundación de más de medio siglo atrás. Pero no obstante esa sensación de final absoluto, de muerte irrecuperable, allí muchos aseguran que hay “algo”. Que aquel misterio de las voces y los gritos continúa, y que es cuestión de abrir bien los ojos, los oídos y los corazones. Por eso acuden ciclistas, viajeros, amantes de lo extraño.

Quizás las iglesias abandonadas no estén tan vacías, después de todo. (DIB)