La Cumbrecita, un paraíso en las alturas cordobesas

El pintoresco pueblo peatonal en el Valle de Calamuchita enamora en toda época del año.

En el corazón de las sierras cordobesas, La Cumbrecita es uno de los destinos turísticos más encantadores de la Argentina. Este pequeño pueblo, fundado en 1934 por una familia de inmigrantes alemanes, ofrece un ambiente único, donde la naturaleza y la tranquilidad son protagonistas.

La herencia centroeuropea se refleja en la arquitectura y la gastronomía. También en el orden y el silencio (sobre todo fuera de temporada), aunque buscan que se extienda todo el año ya que es denominado “pueblo peatonal”. Cuando uno llega de visita, el auto debe dejarse en la entrada, del otro lado del río Del Medio, y mediante un micro (o a pie) recorre un par de kilómetros para ingresar a la villa. Durante el día, sólo pueden entrar motorizados aquellos que tengan reservas de alojamiento, con la condición de dejar el vehículo en el estacionamiento, y los propietarios, sólo para entrar y salir del pueblo.

Esta joya ecoturística tiene una reminiscencia a los pequeños poblados germanos del siglo XV, con calles de arena y ripio, construcciones con techos de tejas a dos aguas, mucha piedra y madera en sus apliques y detalles, como también en toda su cartelería y señalética. Algo común, en realidad, en todas las localidades de la región de Calamuchita. Su tendido eléctrico es renovable, las aguas son tratadas y reutilizadas, cuenta con una planta de tratamiento cloacal y sistemas para recoger el agua en pozos y se reciclan plásticos, vidrios y metales en una instalación a pocos kilómetros del casco. La basura orgánica, en general, se transforma en compost para las huertas.

La recorrida a pie empieza por la entrada al pueblo y lo atraviesa siguiendo la calle principal hasta la casa de té Liesbeth, tras el arroyo Almbach. En el centro geográfico del pueblo está la Plaza del Ajedrez, un tablero de ajedrez gigante con esculturas en hierro como piezas. Y a mitad de camino, subiendo una escalera se llega hasta la pequeña Capilla ecuménica, construida en 1967, con su curiosa fachada de estilo nórdico. En su interior hay una valiosa talla de la Virgen María traída de Baviera.

Poco más arriba se encuentra la pintoresca fuente de agua de madera de lapacho, construida como regalo para el fundador del pueblo en 1942. En la parte superior tiene una campana, pensada en su momento como alarma para emergencias o en caso de incendios en la zona. Mientras que otro atractivo es El Castillo, una pequeña construcción ideada por Erwing Müller en los años ’40, con símbolos y escudos grabados en la madera y en la piedra de sus paredes. Cuentan que este hombre vivió allí, en una de las partes más altas de las sierras, y tenía un sistema de códigos (un mástil con una bandera verde y otra roja) para comunicar su estado de salud (y humor) a los vecinos.

Si bien el agua es fría, después de una larga caminata, muchos optan por un chapuzón. Para ello hay diferentes espejos de agua. Uno de los más codiciados es La Cascada, un hermoso salto de agua de 14 metros que se precipita sobre una especie de pileta natural de cinco metros de profundidad. Obviamente no es una experiencia para cualquiera, ya que es necesario saber nadar si uno pretende desplazarse en el agua y disfrutar del entorno de natural. Un detalle no menor: para llegar hasta esta zona hay que hacer una caminata de 20 minutos por un sendero con cierta dificultad. Abuelos, embarazadas o niños pequeños, mejor abstenerse.

De más fácil acceso y también muy lindo para sentarse a descansar o disfrutar del agua, es La Olla, un balneario sobre el arroyo Almbach. En medio del bosque de coníferas, el salto de agua cae sobre otra especie de pileta natural de más de seis metros de profundidad. A diferencia de La Cascada, si bien es una zona rocosa, hay otros espacios para compartir con los más pequeños que no son tan peligrosos y donde uno puede, aunque sea, meter los pies. En tanto, unos metros más adelante en el camino, está  el Lago de las Truchas, otro espejo de agua que muchos utilizan para descansar bajo la sombra de una planta.