Emilio Mignone, el hombre que convirtió la desaparición de su hija en la llama de la lucha por los derechos humanos

Nacido en Luján, fue abogado, educador, escritor pero, sobre todo, una bandera de las organizaciones que enfrentaron a la dictadura. En 1976, los militares se llevaron a su hija Mónica. Creó el CELS y junto a su esposa, fundadora de las Madres de Plaza de Mayo, puso su vida al servicio de los demás.

Por Fernando Delaiti, de agencia DIB

 

“Almirante. No nos vamos a tirar las cartas entre gitanos, porque los dos sabemos bien lo que está ocurriendo”, le dijo Emilio Mignone, con rostro adusto, a Emilio Eduardo Massera, integrante de la Junta Militar.

 

Massera, con buenos modales, evadía dar una respuesta concreta sobre el paradero de Mónica, hija de Mignone, detenida y desaparecida por un grupo armado el 14 de mayo de 1976. Si bien el abogado sabía que había sido trasladada a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), quería la confirmación.

 

“Usted es un asesino”, lanzó Mignone.

 

“Desde su punto de vista lo soy”, contestó el militar, sin molestarse demasiado.

 

“No desde mi punto de vista, sino objetivamente y desde el punto de vista del Código Penal”, cerró el letrado, que luego escuchó la justificación de Massera sobre por qué no se publicaba la lista de desaparecidos.

 

Quien estuvo sentado esa vez, y dos más, frente al dictador fue Emilio Fermín Mignone, abogado, educador argentino y uno de los exponentes más renombrados de la lucha por los derechos humanos del país. Fue, entre otras cosas, uno de los fundadores del Centro de Estudios Sociales y Legales (CELS), la organización civil que jugó un papel clave en la documentación de los crímenes perpetrados por el sangriento Gobierno de facto, asistiendo a víctimas y familiares en procesos judiciales.

 

Nacido el 23 de julio de 1922 en el seno de una familia numerosa en la ciudad bonaerense de Luján, Mignone fue escritor, educador, abogado pero, sobre todas las cosas, tuvo un compromiso incansable con los derechos humanos basado, en gran parte, en su fe católica. Por eso en su juventud fue líder de la Acción Católica Argentina. Y militó por una sociedad justa e igualitaria, siempre dentro del peronismo.

 

De hecho, inició su carrera en el ámbito público de la mano de esa fuerza política como Director General de Escuelas bonaerense en el Gobierno de Domingo Mercante, entre 1949 y 1952. Entre otros hitos, estableció el primer Estatuto del Docente y el primer departamento de psicología escolar. Por esos años contrajo matrimonio con Angélica “Chela” Sosa, una joven maestra lujanense, con quien tuvo cinco hijos: Isabel, Mónica, Mercedes, Fernando y Javier.

 

Luego de un par de años en Washington, EE.UU., donde fue funcionario de la Organización de Estados Americanos (OEA), a partir de 1962 ocupó diversos cargos en áreas de planificación y gestión educativa. Uno de ellos fue el de subsecretario de Educación de la Nación, bajo la dictadura de Juan Carlos Onganía. A fines de los ‘80, durante su participación en uno de los almuerzos televisivos de Mirtha Legrand, lo consultaron sobre si se arrepentía de haber ocupado ese cargo. “No me arrepiento. Me hago una autocrítica, que no es lo mismo”, respondió.

En 1973 fue designado rector de la recién inaugurada Universidad Nacional de Luján, cargo que ocupó hasta el golpe militar del 24 de marzo de 1976. Cuenta la historia que, al llegar ese día a su trabajo, Mignone fue interceptado por personal del Ejército, que le ordenó entregar su oficina para que el Gobierno de facto se haga cargo de la conducción de la universidad. “No es necesario ese despliegue ridículo de fuerza cuando todo el mundo sabe que las únicas armas aquí son máquinas de escribir, libros y equipos de laboratorio”, respondió el lujanense, que para esa hora ya había mandado la renuncia al ministro de Educación.

 

Mónica, el quiebre

 

A las 5 de la mañana del 14 de mayo de 1976, el departamento en el que vivía la familia en Buenos Aires se estremeció. Los militares golpearon fuertemente la puerta, a gritos pidieron que la abran y para amedrentar mostraron sus armas. Emilio se vistió rápidamente, abrió y entraron cinco hombres. Dos de ellos fueron interrogando a los presentes, hasta que llegaron a Mónica, una de las hijas, psicopedagoga, docente y catequista en la villa del Bajo Flores. A ella se la llevaron, supuestamente a un destacamento en Palermo para hacerle más preguntas. “Nos pidieron dinero para tu regreso. Les dimos. Estábamos tan lejos de imaginar lo que iba a ocurrir después. Te dimos un beso antes de partir. Fue el último beso ¿Recordás?”, escribió años después en una carta, “Chela” Mignone, quien fue una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo.

 

Pero Mónica, de 24 años, no fue a Palermo. Se la llevaron a la ESMA, donde se presume que fue torturada y luego desaparecida. Sus restos nunca fueron encontrados, aunque la lucha de Emilio y “Chela” fue inclaudicable.

 

Desde ese día, dedicó su vida a buscarla, pero además a ayudar a más personas que estaban en la misma situación. Escribió cartas abiertas y se entrevistó con cúpulas militares y altos miembros de la Iglesia Católica. Nada de lo que hizo podría haber ocurrido sin su esposa, quien también se convirtió en otra de las heroínas de las organizaciones de derechos humanos.

En 1979, junto a otros dirigentes, Mignone fundó y fue el primer presidente del CELS, organismo que fue impulsor y responsable de un tercio de las causas judiciales iniciadas a los miembros de la Junta Militar y que fue clave en el impulso de los “Juicios por la Verdad”. Fue por esos años que además de enviar decenas de misivas, se entrevistó tres veces con Massera, sin conseguir respuestas sobre el paradero de su hija.

 

El 27 de febrero de 1981 fue detenido. Pero la presión internacional hizo que una semana después fuese liberado junto a otros cinco miembros de CELS. Se los acusaba falsamente de “espionaje”, aunque lo que inquietaba era el trabajo del organismo recolectando información.

 

Con el regreso de la democracia, Emilio fue testigo en los juicios de 1985 que condenaron a cinco militares de alta graduación por violar los derechos humanos. Sin embargo, la lucha continuó por siempre. Y con críticas al desempeño de las autoridades de la Iglesia católica, que reflejó en su libro: “Iglesia y dictadura: el papel de la Iglesia a la luz de sus relaciones con el régimen militar”. De hecho, alguna vez le negó el saludo a Jorge Bergoglio en la Catedral de Buenos Aires, porque lo cuestionaba por su accionar en esos terribles años.

 

El hombre nacido en Luján siempre acompañó su compromiso con los derechos humanos con su responsabilidad con la educación. Y en 1995 fundó la Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria (Coneau), de la que fue designado presidente. Sin embargo, un año después se enteró que tenía cáncer. Con un potente analgésico frenaba el dolor y continuaba su trabajo, dando charlas y concientizando a los demás. En marzo de 1998 participó del programa “Hora Clave” de Mariano Grondona y debatió sobre derechos humanos con Álvaro Alsogaray, quien se levantó de la mesa y se fue enojado. A fin de ese año, la enfermedad pudo más y Emilio falleció el 21 de diciembre rodeado de su familia y abrazado por la memoria de esos desaparecidos a los que nunca abandonó. (DIB)