El último round de “La Bestia” Romero: la piña que no pegó y el final a los tiros

Por Fernando Delaiti, de la Agencia DIB

Fue un boxeador argentino que estuvo a punto de pelear por un título mundial. Pasó varios años en la cárcel. Peleó en Mónaco en julio de 1984 y nueve días más tarde murió luego de un robo.

“A la cárcel no vuelvo más”, le prometió César “La Bestia” Romero a su madre cuando salió del penal de Mercedes en 1978, y hasta se tatuó parte de esa frase debajo del hombro izquierdo. Y el boxeador, que estuvo a una pelea de disputar el título mundial, cumplió. No volvió a pisar una cárcel, aunque eso lo permutó por la muerte. Fue el 23 de julio de 1984 cuando el hombre de los 25 tatuajes terminó alcanzado por ocho balazos tras un robo y un tiroteo en con la Policía.

Ese día por la mañana, la banda integrada por ocho personas salió a robar. “La Bestia” Romero y su hermano Saúl Mario pasaron a buscar en un Dodge 1500 a Daniel “Pichi” Rodríguez por su casa de la localidad bonaerense de Merlo. Un rato después, robaron a punta de pistola un Gacel en Ramos Mejía y sumaron a otros cómplices.

En el Dodge 1500 llevaban una escopeta Itaka, un fusil Winchester automático, pistolas 9 milímetros y 45 y dos revólveres calibres 32 y 38, más un pistolón calibre 11 y mucha munición. Una leyenda dice que ese armamento se adquirió con los 8.000 dólares que trajo Romero de su última presentación en el exclusivo barrio Montecarlo, en Mónaco, nueve días antes, cuando cayó ante el venezolano Fulgencio Obelmejías.

En las oficinas que la Empresa de Autotransportes La Plata tenía en el Camino de Cintura, parte de la banda dio el primer golpe. Sin efectuar un disparo, se llevaron 2.500.000 de pesos argentinos (unos 31 mil dólares). Con el botín en su poder y entusiasmados por lo fácil que resultó todo, la siguiente parada fue la Empresa de Transportes “Almafuerte”, en Isidro Casanova. Pero una llamada avisó a la comisaría de la zona y antes de que pudieran huir, dos Ford Falcon con ocho efectivos rodearon el lugar.

Más de 40 minutos de tiros y gritos terminó de la peor manera. Cuatro delincuentes, entre ellos “La Bestia” Romero, de 29 años, terminaron abatidos en una vivienda a la que habían accedido tras saltar la pared que la separaba de la terminal de ómnibus. Fueron ocho los tiros que desfiguraron la humanidad repleta de tatuajes del boxeador. Las otras víctimas: su hermano Saúl Mario, “Pichi” Rodríguez y Carlos María Centurión.

Mientras que el resto de la banda logró escapar en el Dodge, el comisario Rodolfo Alcántara y el sargento Alberto Giot resultaron con heridas.

La despedida

La familia despidió a los hermanos Romero en medio del dolor y el asombro. La esposa de “La Bestia” creía que su pasado delictivo ya había quedado enterrado; su padre Servando lo había visto muy bien el día anterior en un almuerzo que compartieron; y su entrenador Carlos Martinetti lo esperaba la mañana del tiroteo para acompañarlo al Luna Park en busca de una pelea por el título argentino.

Romero, curiosamente nacido en la localidad Libertad de Merlo, había ingresado a una comisaría por primera vez a los 11 años. Su adolescencia alternó entre delitos de robos y diversos trabajos. De sus seis hermanos, Miguel Ángel y Jorge Antonio, murieron al tirotearse con la Policía.

Por un asalto fue condenado a tres años de prisión, aunque sólo cumplió seis meses. Pero no tardó en volver a caer. Aunque él aseguraba que no tenía nada que ver, otro delito lo llevó nuevamente a prisión. Fue una penosa travesía de cinco años y medio por los penales de Olmos, Devoto y Mercedes.

Su metro noventa y 84 kilos le sirvieron para hacerse respetar. Y si había un conflicto, lo resolvía a trompadas. Para ello entrenaba duro: practicaba con otros presos, saltaba la soga, hacía abdominales y corría por el patio. Lo empezaron a llamar “La Bestia”, y cuando recuperó la libertad a los 23 años se subió a los cuadriláteros para empezar su camino como amateur.

Se radicó un tiempo en Pergamino, donde trabajó como chapista mientras boxeaba y conoció a Alejandra Navarro, con quien se casó y tuvo gemelos. Tras 33 peleas, debutó como profesional a los 26 años frente al cordobés Víctor Robledo.

Sus siguientes pasos alteraron buenas peleas con otras para el olvido. Pero un par de nocauts en el mítico Luna Park, lo colocaron en el sexto puesto del ranking mundial medio pesado y lo hizo ilusionar con un combate ante el gran Michael Spinks, dueño de todos los cinturones de la categoría.

El triste final

Sin embargo, antes de llegar al estadounidense que terminó su carrera sobre la lona por los golpes de un joven Mike Tyson, “La Bestia” tenía que derrotar a Obelmejías. Para ello se subió al ring el 14 de julio de 1984 en Mónaco, hasta donde llegó, entre otros, con Juan Domingo “Martillo” Roldán, su hermano Saúl Mario y su amigo “Pichi” Rodríguez, dos que murieron con él en su última aventura como delincuente. También eran parte de la comitiva Hugo Basilotta, dueño de la fábrica de alfajores Guaymallén y quien desde esos años ya ayudaba económicamente a boxeadores, y Raúl Gámez, luego presidente del club Vélez​.

Sin embargo, el venezolano lo dominó en todo momento y, según cuentan las crónicas de la época, sobre el final del 5° round le tocó los glúteos para provocarlo. La reacción no llegó y Romero volvió a Ezeiza sin la posibilidad de pelear en Las Vegas por un millón de dólares. Además de su última derrota, en la valija sólo se trajo dos autitos para sus hijos, una botella especial de Chianti para su padre y dos vestidos para su mujer. Así lo contó el periodista Ernesto Cherquis Bialo que estuvo en ese triste viaje.

Nueve días más tarde, Romero y su banda dieron dos golpes, aunque no arriba de un ring. En el segundo de ellos, todo terminó a los tiros y “La Bestia”, como le había prometido a su madre, cumplió la promesa: no volvería a la cárcel, aunque para pagar su promesa debía entregar su vida. (DIB)