El hombre de la pava

Por Alberto Seguí.

Corrían los años setenta y con mi Dodge Polara a gas recorría los campos del oeste de la provincia de Buenos Aires, visitando tambos. Vender detergentes para ordeñadoras, que con unos socios fabricábamos en La Plata, era mi medio de vida.

Tenía clientes agendados que visitaba periódicamente, pero a veces surgían datos por parte de ellos mismos que podían ampliar mi cartera, siempre con la boca abierta, pidiendo agua…

El día aquel en que conocí a La Pava, cuando recién comenzaba la tarde, salí de visitar clientes cerca de González Moreno, rumbo a Sundblad, donde, según ellos me contaron, se habían instalado muy buenos tambos.

Iba como mosca a la miel, con el Dodge desplazando el polvo de la carretera que pasaba a formar parte de la atmósfera interior. Estaba en la atención de la huella, cuando en una curva del camino lo vi, haciendo dedo.

Estaba debajo de un árbol, y de su sombrero redondo de paño gris y ala ancha, poco más allá del cartel que me afirmaba estar bien orientado: “Fortín Olavarría” y la flecha apuntando para arriba.

A esa hora, con el sol que calentaba el aire haciéndolo reverberar, la escena parecía un espejismo. El paisano estaba entregado como gaucho a la gripe, sin mucha expectativa de éxito en su afán.

No podía no parar, y cuando lo hice el polvo nos pasó por arriba.

  • ¿Para dónde va amigo? – le pregunté

Enseguida se acercó con el “mono” hecho de una bolsa de arpillera, donde seguro llevaba las pilchas de salir y los vicios, ya que estaba con ropa de trabajo.

  • Pa’l Fortín! – dijo, asomando la cabeza por la ventanilla, y yo caí en la cuenta de lo inútil de mi pregunta. No había como desviarse hasta llegar a la Ruta 33, que une Bahía Blanca con Rosario de Santa Fe.

  • ¡Suba, nomás! –le dije–.

Y lo hizo, como subiendo a un sulky. Pisó el estribo y mandó adelante la cabeza, con su enorme sombrero, como para besarme la frente. Recién después de meterse entero, posó las sentaderas en la butaca de copiloto.

Me contó que venía de encerrarle unos animales al patrón y que ya se volvía “pa’ las casas” que, a la sazón, quedaba entre el pueblo y la ruta.

También me dijo que eran de Misiones, de donde había llegado buscando una suerte que lo mismo le resultaba esquiva por acá.

A poco de cruzar el pueblo me dice,

  • ¿Ve aquella casita? Ese es el rancho.

Enfilé el carro para dejarlo en la puerta.

  • Estamos pensando en volver, poca paga y ni luz tenemos.

Ya me despedía y me invitó a pasar, a tomar unos mates, algo que por esos pagos no se puede rechazar, una costumbre que hermana, algo más que mera cortesía.

Y entonces hizo su aparición La Pava, la pre historia, la historia, y la filosofía.

La puso sobre la cocina a leña y mientras nos tomábamos unos mates muy

buenos, le pregunté de donde había sacado esa pavita, y me cuenta:

  • Cuando llegamos de Misiones traíamos una vieja pavita de aluminio que por el agua salada se pinchó, y como andaba medio seco no tuve otra idea que hacerme esta pava con cosas que me fui encontrando en el galpón del jefe y aquí está. -y me la describe-.

  • Un viejo farol de auto, la placa de aluminio del fondo de una cacerola, la manija y agarradera recuerdos de la pava vieja. -como si fuera poca cosa-.

  • Mi mujer compró una nueva, pero ya está overa del fuego de la cocina, Ya me dijo, “un día de estos te la tiro, ¿Cómo le vas a cebar mate al patrón con esa porquería?”.

Y en eso Don Muñoz, que así se apellidaba el gaucho, me dice:

  • Se la regalo, Don Alberto ¿No se molesta? Usted me dio una buena mano, no habría pasado nadie por ese lugar hasta el final de la siesta. A esa hora ni los pájaros vuelan con semejante calor.

Don Muñoz, ese día, me mostró lo que algunos, muchos, creemos que nos hace humanos, diferentes de otros seres vivos: venía de domesticar animales y con restos de la sociedad industrial que encontró por ahí, a los que le había metido trabajo, usó esa herramienta que había construido, y la compartió conmigo. ¡Que herramienta!, una muestra de humanidad en sí misma, que sirve para entibiar el agua que, de a poco, le saca el sabor a la yerba y, en el mate. le da calor a la mano de los hermanos de la tierra que lo comparten.