de Trenque Lauquen
Martes 17 de Mayo de 2022

Por Ana María Ford, periodista y docente

Eduarda y Lucía: entre la realidad de una y la leyenda de la otra

Hay tanto para abrevar en la historia….  Hechos de antaño con los que nos topamos de pronto y se nos ofrecen con aleccionadora riqueza.

Entonces pensamos cómo pueden  conjugarse las circunstancias que fluyen  y las médulas que perviven. Camufladas por el paso del tiempo, claro.

Es que los ideales, afanes y pasiones pueden vestir tafetas y miriñaques o el jean con una básica.

Nació una niña

Una mirada rasante a la historia de la Buenos Aires de mediados del siglo XIX, descubre el nacimiento, 11 de diciembre de 1834, de una niña que llegaría a brillar ¡y cómo! Con luz propia.

La llamaron Eduarda Damasia. Sus padres eran el general Lucio Norberto Mansilla  (años más tarde escribiría esa página de gloria que fue la batalla de Obligado) y Agustina Ortiz de Rosas, la hermana menor del Restaurador de las Leyes.

Eduarda recibió la educación  esmerada y recatada propia de la época, pero picaba, por dentro, mucho más alto. Apenas alcanzó “la edad de merecer” comenzó a descollar. Frecuentaba las brillantes tertulias socioculturales en la  quinta San Benito de Palermo, propiedad de su tío, Juan Manuel de Rosas. La anfitriona era su prima, Manuelita, unos años mayor que ella. Las jóvenes se robaban las miradas masculinas mientras a su alrededor se urdían las intrigas políticas que marcaban  a fuego la época.

Pocos datos precisos se encuentran sobre la vida familiar de Eduarda; si se lo impuso la voluntad de los padres o fue ella la que eligió, no se sabe… Lo cierto es que se casó con Manuel Rafael García Aguirre, un brillante diplomático. Con él tuvieron  seis hijos.

Los sucesivos destinos de su marido le permitieron a Eduarda frecuentan círculos selectos de la intelectualidad en Europa y América del Norte. En todo salón que pisase, la atención se centraba en ella. No sólo por su elegante belleza sino por la autoridad con la que discurría  sobre libros, música, teatro, filosofía o por las delicadas interpretaciones al piano de un vasto repertorio.

Es que de muy joven –en su Buenos Aires natal, haciendo frente a las restricciones que pesaban sobre la mujer había inicialado su camino. Se metió, sin pedir permiso, en el periodismo al tiempo que engendraba sus criaturas literarias.

Fue la primera

Injustamente olvidada por la mayoría de los exégetas criollos de antes y de no tan antes, Eduarda Damasia Mansilla de García bien debe  ser considerada la primera novelista argentina.

Sin embargo toda su osadía que desafiaba los mandatos patriarcales,  no alcanzó a impedir que sus primeros escritos los firmara como “Daniel”.

La primera novela  fue “El médico de San Luis”, una obra corta y sobria, suficiente para mostrar su habilidad para describir acertadamente lugares y costumbres desconocidas y un estilo afatado. “Daniel” recibió circunspectos elogios (con el paso del tiempo se esclareció la autoría).

Eduarda, en todos los ámbitos en que se movía, abogó insistentemente por los derechos de la mujer. Lo hacía lejos de considerarse portavoz de los movimientos feministas cuyos ecos llegabas de allende los mares. Simplemente consideraba que los derechos y las responsabilidades no tienen sexo.

La que se considera su obra  más importante es “Lucía MIranda”, una figura femenina a la que  recrea vigorosamente con un guiño de simpatía al cruce de las razas y un homenaje a la fidelidad conyugal.

¿Habrá existido?

En 1527 la expedición española que comandaba Sebastián Gaboto trepó el río Paraná buscando “la ruta del oro”. A la altura de lo que hoy es provincia de Santa Fe, se fundó el fuerte Sancti Spiritu y se asentó una guarnición. Hasta ahí, la historia.

Después todo se confunde entre tradiciones orales y construcción  de mitos y leyendas. Dicen que dicen que en el barco había llegado Lucía Miranda, la bella  esposa de uno de los soldados, Sebastián de Hurtado.

Todo andaba bien y la convivencia entre los indios timbúes y los extranjeros era armoniosa. Hasta que el diablo metió la cola…

La blanca hermosa encendió la codicia lasciva de dos caciques, hermanos entre sí: Mangoré y Siripo.  Pero la traición hizo lo suyo; el primero convenció al segundo de asaltar el fuerte alegando que en el futuro los españoles los iban a sojuzgar. Un día que los soldados habían salido a cazar, entraron y quemaron todo, asesinando a los guardias.

Mangoré se apoderó de Lucía y se la llevó al monte… Pero Siripo no se quedó atrás; los encontró en el tálamo de hierbas, mató a su hermano y se llevó a Lucía a las ruinas del fuerte, allí estaban prisioneros los soldados sorprendidos cuando regresaron de la cacería.

A la hoguera

Siripo quería que Lucía lo aceptara y no incurrir en la violencia de su finado hermano y la llenaba de promesas “… serás la reina de todo lo mío…”. Pero ella no lo aceptaba… Y cuando descubrió que Lucía se las ingeniaba para visitar de noche a su marido prisionero, no se anduvo con chiquitas: A ella la incineraron en  la hoguera; a él lo acribillaron a flechazos hasta morir.

Tremenda historia, pero resulta que no hay un solo documento que acredite que Lucía Miranda fue de carne y hueso…  Quien recoge la ¿leyenda? por primera vez,  en el siglo XVII, fue el cronista Ruy Díaz de Guzmán, pero nadie sabe en qué se basó. Y Eduarda Mansilla ¿creyó que todo fue real? Nadie lo sabe, pero en algunos fragmentos de su novela se huele una suerte de simpatía por la pulsión irrefrenable que llevó a Mangoré a mezclar las sangres sin dejar de lado el respeto a la fidelidad de la mujer, sostenida hasta la muerte.

Hay en la obra fragmentos de duro realismo en la descripción de cuerpos desnudos y respiraciones acezantes, todo un escándalo…

En francés

Durante una larga permanencia en Francia donde su esposo cumplía funciones diplomáticas, Eduarda  escribió (en francés) una novela corta: “Pablo o la vida en las pampas”. Fue un verdadero “boom” entre los lectores galos a quienes “esas tierras salvajes” llenaban de curiosidad. Su hermano, Lucio Mansilla, la tradujo al castellano y la obra llegó al Río de la Plata donde despertó mediano entusiasmo, el recelo ante una pluma femenina seguía…

Eduarda Damasia Mansilla murió en Buenos Aires a los 58 años.

Dato 1

Sobre esta mujer singular escribió Domingo Faustino Sarmiento: “…Eduarda ha pugnado diez años por abrirse las puertas cerradas a la mujer, por entrar como cualquier cronista o reportero en el cielo reservado a los escogidos (machos), hasta que al fin ha obtenido un boleto de entrada, a su riesgo y peligro, …”

Dato 2

La novela “Pablo o la vida en las pampas” mereció singulares elogios de Víctor Hugo, el insigne poeta y dramaturgo francés:

“…su libro me ha cautivado. Yo le debo horas cautivantes y buenas. Usted me ha mostrado un mundo desconocido. Escribe una excelente lengua francesa, y resulta de profundo interés ver su pensamiento americano traducirse en nuestro lenguaje europeo. Hay en su novela un drama y un paisaje: el paisaje es grandioso, el drama es conmovedor. Se lo agradezco, señora, y rindo a sus pies mis homenajes”.

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