Por Ana María Ford

A los 8 años Marco recitaba los clásicos latinos; a los 28 lo degollaron

Hijo único, Marco Aurelio Avellaneda nació el 18 de junio de 1813 en San Fernando del Valle de Catamarca.

Con el tiempo sus detractores lo llamarían  “el doctorcito”; pasó a la historia como “el mártir de Metán”.

Muy pequeño,  recibió una esmerada educación impartida por los religiosos franciscanos. era un chico  ddecidido, lúcido y precoz que a los ocho años recitaba los clásicos latinos en el idioma original.

Su padre, Juan Nicolás Avellaneda y Tula, fue gobernador de Catamarca. Luego por motivos políticos marchó con  su esposa, María Salomé, y el pequeño a Tucumán.

Cuando Marco tenía diez años le otorgaron una beca oficial para seguir estudiando. Su padre lo llevó a Buenos Aires donde ingresó al Colegio de Ciencias Morales. Fue un estudiante aventajado al tiempo que se relacionaba con otros jóvenes con los que compartía sus ideales políticos; entre ellos Juan Bautista Alberdi, Carlos Tejedor, Marcos Paz, Vicente Fidel López. Descollaba como orador al punto que lo apodaban Marco Tulio, en alusión a Cicerón.

También incursionaba en el  periodismo escribiendo en un periódico llamado “El amigo del país”.

Tenía 21 años cuando se graduó como doctor en Jurisprudencia (abogado); hubiese querido quedarse en Buenos Aires pero su familia lo llamó y debió volver a Tucumán.

El funcionario

Muy pronto el goberador Alejandro Heredia, lo distinguió y le confió altas responsabilidades en el gobierno. Apenas cumplidos los 25 años, fue nombrado presidente de la Sala de Representantes, el poder legislativo. Y ejerció,  por poco tiempo, la gobernación de la provincia.

Por esos años puso los ojos en una hermosa tucumana, Dolores de Silva. Los casó el obispo José Colambres, el pionero de la industria azucarera en Tucumán. Fueron lleganbdo los hijos, cuatro varones y una niña; al mayor lo llamaron Nicolás Remigio Aurelio.

Tiempo de sangre y coraje

Juan Manuel de Rosas gobernaba  el país. Quien no pensaba como él no era un adversario, era un enemigo para el que no había piedad.

La omnipotencia de quien se hacía llamar el Restaurador de las Leyes, encontró, sin embargo, focos de resistencia la mayoría de los cuales fueron ahogados en sangre.

Uno de  ellos, la Liga del Interior, también llamada Liga Unitaria. Fue una unión política y militar establecida en el año 1830 por las provincias de San Luis, La Rioja, Catamarca, Mendoza, San Juan, Tucumán, Córdoba, Salta, y Santiago del Estero.

En Tucumán Marco Avellaneda era una pieza importante a la hora de oponerse a la política de Rosas. Cuando presidía la Sala de Audiencias, en abril de 1840 encabezó la enérgica proclama contra el Restaurador. Quería un país nuevo, una patria organizada. Cruzaba cartas con su amigo  Alberdi que estaba exiliado en Uruguay. Ambos soñaban con la redacción y puesta en vigencia de una Constitución…

Pero los tiempos se precipitaron. Rosas mandó al feroz general Manuel Oribe para sofocar las acciones de las provincias rebeldes.

La estrella que cae

Epoca de los caudillos heroicos al frente de tropas que suplían con coraje lo que les faltaba en profesionalidad y pertrechos.

La derrota de Quebracho Herrado – al norte de Córdoba-, el 28 de noviembre de 1840 marcó para Lavalle el principio del fin. “… marchaba ya su estrella hacia la muerte” canta Eduado Falú.Pero se rehízo y rearmó sus huestes mientras Oribe, en nombre de la divisa federal, seguía asolando la región que se autodenominaba la Patria Grande.

Meses después, unitarios y federales,  volvieron a enfrenarse en lo que sería el golpe de gracias para la Coalición.

Fue el 19 de septiembre de 1841 en Famaillá, provincia de Tucumán. El triunfo de Oribe fue aplastante. Lavalle huyó hacia el norte. Veinte días después, en Jujuy, los federales lo asesinan. Sus hombres siguien camino con el cadáver de su jefe. Saben que Oribe había jurado  infamar su cabeza. Pero la descomposición del cuerpo es inevitable. Decidieron descarnarlo, tiran los restos al río y llevarse  el corazón “…entre un tachito de aguardiente” narra Ernesto Sábato;  y lo depositan a salvo en Bolivia.

La suerte de Marco

Marco Avellaneda entendió que  debía exiliarse en Bolivia para donde ya ha huido su familia. (No supo que la hijita Isabel que tenía tres meses había muerto en el camino).

Escoltado por un grupo de soldados, huye a caballo hacia Jujuy.  Fue traicionado por Manuel Sandoval quien al llegar a un paraje llamado Alemania lo apresa y entrega, junto con la escolta, a sus jefes.

“Cumpla con su trabajo”

Los llevaron hasta Metán, en Salta. Allí, sin siquiera un juicio sumario, deciden ejecutarlos. No será por fusilamiento. La pena de muerte se ejecutará a degüello, con los condenados de pie.

El verdugo será un coronel llamado Gregorio Maza quien pretende que “el doctorcito” Avellaneda delate a los compañeros a los que no ha podido echar mano. Sólo obtiene silencio y – cuenta la tradición-,  el condenado se desabrocha la camisa y le dice “cumpla  usted con su trabajo” ofreciendo el cuello desnudo. Dicen también que Maza reservó para Marco un cuchillo mellado para aumentar el tormento. Era el 3 de junio de 1841.

El cuerpo de fue desmembrado y diseminado por el campamento. Pero reservaron la cabeza que llevaron a Tucumán, la clavaron en una pica y la elevaron en la hoy plaza Independencia. n

Dato

Una mujer rescató la cabeza de Avellaneda, infamada en la plaza tucumana. Ella se llamaba Fortunata García, viuda de Domingo García, primer gobernador intendente de Salta y madre de Próspero que fue gobernador de Tucumán.

Dicen que organizó una fiesta en su casa para distraer a los federales que se habían adueñado de la ciudad. Con la complicidad de un militar rosista de entrañas humanitarias, bajó la cabeza y la llevó al convento de San Francisco donde el párroco la metió en una caja con cal y la enterró.

No hay rastros de lo que haya sucedido después. Lo cierto es que pasaron casi 35 años  hasta que el hijo mayor de Marco Avellaneda, Nicolás, fue nombrado presidente de la Nación, cargo que ejerció entre 1874 y 1880. Fue él quien rescató la cabeza de su padre y la hizo sepultar en el cementerio porteño de La Recoleta, al píe de un  monumento esculpido por Alejandro Biggi.

Fue el mejor amigo de Marco, Juan Bautista Alberdi, quien le aportó datos de su aspecto físico para recrear su figura. Es que Nicolás Avellaneda cumplía 4 años ese fatídico 3 de octubre en el que su padre fue degollado. Nada recordaba de él.

Nicolás Avellaneda fue el presidente más joven de la historia argentina, asumió a los 37 años. Murió a los 48.

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