Víctima y victimario

La famosa Grecia democrática de la polis tiene un acercamiento particular a la ley al desvincularla de la voluntad de los dioses y hacerla depender de la racionalidad humana.
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El destino no es ya una trayectoria predeterminada por la voluntad olímpica, sino un camino que tiene como principal protagonista al sujeto mismo. Es así que comienza a hablarse de acciones delictivas intencionales y no intencionales de lo premeditado y lo accidental. Moral humana, ética individual Los griegos llamaron hamartía a las infracciones intencionales y aitía a las intencionales; y en consecuencia pautaron distintos castigos. Se inicia el desarrollo de la cultura helénica”.
Con esta sencilla explicación el psicoanalista José Eduardo Abadi analiza sumariamente una de las cuestiones más arduas de desentrañar la hora de juzgar acciones que lastiman a la sociedad.

Al partir de la concepción de vida de los griegos que se apartan de la creencia en el destino intorcible, el hombre queda clavado sobre la cruz de su propia responsabilidad. Una acción dolosa podrá tener atenuantes que pueden entrar en lo subjetivo de quienes la juzgan. Pero mientras sus ejecutores estén en uso de sus facultades mentales, no podrán evadir la responsabilidad.
El mundo atraviesa un tiempo de cambios fulgurantes, muy alejados de esa especie de eternidad temporal que enmarcaba la vida de los griegos. La ley a la que se ajustaban éstos era lineal: de un lado estaba lo bueno y del otro lo malo, sin zonas grises. Y la responsabilidad de los actores quedaba clara.

Aquella linealidad griega se ha ido perdiendo. Se trazaron a la ley, tantos vericuetos que el concepto madre de la responsabilidad se ha desdibujado; suele pasar que se invierten las cargas y ya no se distingue claramente la víctima del victimario.

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