de Trenque Lauquen

Por: Hernán Sotullo

Un centenario para celebrar el júbilo de la palabra escrita

Cien años de vida para un diario de una ciudad media del interior es una hazaña mayúscula. Es la que estamos celebrando con La Opinión, un sobreviviente dentro de la rica historia de la gráfica trenquelauquense, un náufrago que ha debido surfear más aguas procelosas que calmas para alcanzar, aún en sus dificultades, la orilla protectora.
Aquellos muchachos fundacionales que atravesaron el primer umbral donde encendieron su apetito periodístico seguramente ni imaginaban en 1919 que aquella aventura inicial se prolongaría por espacio de un siglo, para ocupar un lugar que ya escapa al calendario.
Y esto pasó porque quienes fueron protagonistas de su conducción– los Gómez Perelli iniciales, y las familias Sartoris, precedentes propietarios y Nazar, la actual – percibieron que el futuro era un único horizonte. Y aun cuando éste amenazaba desteñirse, afrontaron la adversidad cruzados por el reflejo de la resurrección para salir fortalecidos. Se entiende que toda crisis sostenida en el optimismo es oportunidad, porque casi nada se aprende sin algún infortunio preexistente y hasta hacen más obstinadas las convicciones.

Retahíla de obstáculos
Es que no fueron escasas las tormentas y otros graves episodios durante este centenario trayecto que han dejado imborrables cicatrices, y amagaron con ponerle un cerrojo anticipado a la continuidad de La Opinión.
Como una suerte de sinuoso laberinto, y en una reseña incompleta, debió sortear, no sin salir lacerado con heridas difíciles de restañar, las recurrentes crisis económicas del país que impactaron negativamente sobre su desenvolvimiento, limitaciones en la provisión de papel, silenciado por la clausura del ‘53 que lo mantuvo un par de años alejado de sus lectores, más el daño irreparable de su archivo destruido, la posterior intervención militar en los ‘70, el secuestro y el sometimiento a encarcelamiento y torturas, en la oscuridad de la última dictadura militar, a su entonces director Juan Ramón Nazar, la prematura muerte de su hijo Roberto, en una aciaga tarde de 1997 cuando en sus manos recaía el peso del manejo diario, la más reciente de Juan, y otra vez en nuestros días el calvario de la economía desbarrancada.
Hoy, como todos los diarios de papel, se enfrenta al nuevo desafío que le proponen los vertiginosos cambios tecnológicos, por los que las nuevas generaciones de lectores acceden a la información a través de múltiples formatos, hasta de dispositivos móviles.

El valor de una conducta
Muy lejos quedaron los años del linotipo, la máquina de escribir y el mensaje de las palabras fundidas en plomo hirviente, suprimidos por la computación y la informática. En el devenir del tiempo, el diario cambió de direcciones físicas y edilicias, de periodistas, tamaño y diseño, sin embargo, en lo más valioso ha sido inamovible: ser confiable, independiente, portavoz de todas de las inquietudes, desasosiegos, y esperanzas de toda una comunidad regional, asociado a sus demandas, y esencialmente, tribuna de libertad de expresión, refugio de las exteriorizaciones de las más disímiles vertientes, aún las críticas al propio diario. Voz de los que no tienen voz, y comprometido con la búsqueda de verdad y justicia orientada a reparar el horror de los ’70.
Y esto adquiere mayor trascendencia cuando asistimos a tiempos en que se suele caer en la tentación de alinearse con el poder y sus negocios, antes que las ideas, lo que ha afectado seriamente los contenidos periodísticos al operar para determinados intereses, prostituyendo la búsqueda de la verdad, sustancia sine qua non de este noble oficio. Un medio no debe ser jamás un aparato monocolor al servicio de una facción. La Opinión se ha construido siempre en el camino inverso, y por eso el dominio de turno, apeló a la clausura y a la intervención en el pasado, entre otros avatares para censurarla y doblegarla.
De ahí que sus lectores acuden también a ella en reconocimiento a su emancipación periodística. Lo deciden libremente y en ese acto de autonomía que se renueva cada día reside el valor cualitativo y la fortaleza del vínculo. Para ellos, seguir eligiéndola es también ejercer su derecho a vivir en libertad. El “lo dice o lo leí en el diario”, suele ser una expresión habitual para afirmar la certeza de lo enunciado ante quien dude de su testimonio.

Contar la historia
Como esas mamushkas rusas, las centenarias páginas de La Opinión se van extrayendo unas a otras para explicar buena parte de la historia de un pueblo, mientras que en el lector que las recorre se apodera la sensación de estar mimetizado en ella, aunque no la haya vivido.
Allí encontrará las gambetas del Nolo y sus incursiones olímpica y mundialista, la homérica campaña de la selección “roja” del ’70, o la gloria verde del Ferro del ’85, más la histórica consagración en 1956 de Ernesto Contreras, hasta entonces un ignoto pedalista mendocino, cuando aún se rodaba y se realizaban campeonatos nacionales en el desaparecido velódromo, las sucesivas maratones de Reyes, como el derrotero victorioso de Germán Lauro mezclado entre los grandes del mundo de los lanzadores de bala y disco.
Redescubrirá el paso de Juan Domingo Perón por la estación del ferrocarril en febrero del ’46, días antes de ser elegido Presidente de la Nación por primera vez; los enfrentamientos locales de los inmigrantes españoles divididos por la Guerra Civil en su país, y las manifestaciones de júbilo por el fin de la Segunda Guerra Mundial marchando por la Villegas; las visitas presidenciales y de otras personalidades políticas o la de artistas rutilantes del espectáculo como las de Agustín Magaldi, y Libertad Lamarque.
No faltarán tampoco las imágenes de una ciudad coloreada de blanco por las cenizas llegadas de un volcán chileno en 1932 o la glacial nieve del ’58, como los infortunios derivados del tornado de marzo de 1984 o las inundaciones del ’86, con la consiguiente gesta del Canal de la Pala Ancha.
Nos recordarán las congojas comunitarias del cierre de históricas empresas como la metalúrgica Garbarino, el Banco Edificador, la aseguradora La Primera, el Frigorífico Regional de la Carne y el posterior “Indio Pampa” o el incendio de la láctea “Finaco”, en todos los casos, acompañando el desconsuelo y la lucha de sus empleados en la calle. En contraposición, celebrarán cuando la ciudad adquiere el manejo de su energía eléctrica a través de la “Usina del Pueblo” en los finales de la década del ’30.
Y mucho más, como el asesinato del intendente Antonio Llambías en un vagón del ferrocarril, o la de un hacendado en las puertas del Banco Nación por un policía como derivación de un altercado circunstancial, el asalto a vecinos por el temible “Pibe Cabeza”, y las muertes violentas, aún impunes, de Carlitos Sánchez, y de Héctor Rindlisbacher y su hijita.

Apertura cultural
Apenas una mezquina muestra de esta incesante fábrica de páginas abarrotadas de palabras e imágenes, pacientemente esculpidas, es a todo lo que nos remiten las crónicas del diario durante diez décadas, pero que en su totalidad almacenan nada menos que la memoria del transcurrir de una comunidad ensanchada a toda una región del oeste bonaerense, un archivo que nos relata puntualmente un tramo fundamental del pasado pueblerino, fuente indesmentible de toda consulta.
Tampoco es poco lo que ha hecho por la cultura ciudadana por la vía de la impresión de suplementos literarios y para la juventud, el clásico Dominical, cincelado por la excelencia de sus plumas, ciclos de charlas con prestigiosos disertantes, visitas de escritores y dibujantes, muestras pictóricas, la edición del disco “Palabras Mayores”, que reunió a varios de los más destacados artistas populares locales, y la muestra anual “Pueblarte”, que en plaza San Martín congrega a un abanico de artistas comprometidos con distintas ramas del arte. Más allá, otro acontecimiento único: la Fiesta Anual del Deporte, que premia a los mejores de cada disciplina.
Celebro este advenimiento finisecular, con toda su historia, y su gente, sin distinción de jerarquías y etapas, los de ayer, con las inevitables y queridas sombras que perviven desde el más allá, y los de hoy, añadidos al protagonismo de la comunidad trenquelauquense y regional, nutriente insustituible de sus páginas, y ávidos lectores de ellas. Es muy grato ser testigo y disfrutar de un aniversario semejante, que en este caso es como complacerse con la belleza del abecedario expresado en el júbilo de la palabra escrita extendida a lo largo de un siglo.

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