Somos un país rehén

Tal vez como ningún otro país desarrollado, la Argentina es rehén de un pequeño grupo de dirigentes sindicales a quienes no les importa nada el sufrimiento de decenas de miles de usuarios que no pueden ir al trabajo o volver a sus hogares porque no funcionan los subtes paralizados por un problema de los ¡baños químicos! ¡Es el colmo de los abusos, de la prepotencia, y de la irresponsabilidad!
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Nada justifica, en nombre de ninguna conquista social, porque ni siquiera de eso se trata, de que decenas de miles de usuarios puedan usar los servicios que pagamos todos los argentinos. Esos dirigentes que funcionan de espaldas a la realidad de un país, no les importa el sufrimiento ajeno, (uno de ellos lo declaró paladinamente que “no le importaba” la opinión de los usuarios).
Claro, esto es posible en un gobierno democrático. A propósito, vale recordar que a otro gobierno democrático, como el de Raúl Alfonsín, el célebre Saúl Ubaldini como secretario general de la CGT le hizo trece huelgas generales. En tanto, en seis años de la dictadura militar más brutal de la Argentina y del continente, algunos pagaron con sus vidas, otros (los menos) estaban en la lucha sin cuartel, y los más negociando con el ré-gimen.
No tenemos noticia de que en los países desarrollados del mundo occidental –y menos, por supuesto donde gobierna el marxismo- que haya paros de actividades o huelgas en reclamo de medidas que afectan el interés de los trabajadores, lo que es legítimo y están
amparados por la ley.
No decimos que no puedan ejercer el derecho a la protesta, pero no cualquier protesta que afecte el derecho de transitar de las decenas de miles de personas que deben regresar a sus hogares.

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