Saludable mesura

El don de la palabra es exclusivo del hombre. Una calidad que nos distingue del resto de los seres y forma parte de nuestro ADN o como seres racionales y pensantes.
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La utilización del idioma (o dialecto) es la primer herramienta de la comunicación. No en vano las primeras palabras del niño se transforman en celebrado acontecimiento familiar donde se generan amables controversias sobre a quién quiso nombrar primero.

En todos los pueblos, la oralidad fue la madre de la literatura que se encargó de recoger los dichos y volcarlos a la piedra, la madera, el papiro o el papel. Pero siempre la palabra fue niña mimada de las civilizaciones. La dialéctica se tornó una disciplina concebida como “la teoría y técnica retórica de dialogar y discutir para descubrir la verdad mediante la exposición y confrontación de razonamientos y argumentaciones contrarios entre sí” Hoy conservamos muchas disciplinas que tienen que ver con el espíritu; se enseñan en las universidades y quienes se apoderan de ellas, reciben títulos y lauros. Entre ellas la dialéctica suele ser un tanto relegada porque creemos haber encontrado otras vías para la ¿comunicación? Un emoticón, un twiter, un mje (así, abreviado), exabruptos groseros, ramplones, o silencios agresivos se han vuelto moneda corriente. Reemplazan al verbo respetuoso que bien se puede encender en el altar pagano de las pasiones, pero con la mesura que es patrimonio del hombre que sabe manejar sus pulsiones.

Esas agresiones verbales que se consideraban patrimonio de la población menos instruida, al hervor de una tribuna de fútbol o de una trastienda, se han convertido en usuales en quienes, por su investidura, su responsabilidad y su formación deberían erigirse en ejemplos de temperancia a la hora en que los ánimos se exacerban.

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