¿Sabrán ellos por qué?

Las notas publicadas ayer sobre los jóvenes y el uso imprudente de las motos, generó los lógicos comentarios que se direccionaban en general hacia un mismo rumbo: qué hacer ante esta ola de riesgos asumidos voluntariamente por numerosos varones jóvenes ( las mujeres ocupan por lo general el rol de acompañantes)
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Desde el lado de la autoridad –sea municipal o policial- se asegura que se empeñan todos los esfuerzos pero que no alcanza. Los mayores se indignan y protestan aunque reconocen que algo han mejorado las cosas. Lo que no se sabe, pero se intuye es que muchas veces las motos no rugen en la planta urbana sino porque sus dueños y sus grupos de pertenencia han migrado a las rutas donde los riesgos se potencian.

Desde el lado de la psicología de una negación maníaca de la muerte. Esto es desafiar el peligro sin medir consecuencias, un actitud –la del desafío- que está en el ADN de los más jóvenes desde siempre. Es más, está el ejemplo de algunas tribus que “graduaban” de hombres a sus niños sometiéndolos a pruebas tremendas. O los adolescentes que marchaban voluntariamente a los horrores de la guerra.

No es el caso de estos chicos que manejan sus motos con imprudencia, sin ni siquiera desafiarse a sí mismos. Los hemos visto tantas veces sentados en la vereda de las salas velatorias despidiendo a un amigo que se había matado con la moto. No lloran, ese desahogo tan común y catártico. Están absortos, quizás piensan que pudieron ser ellos, que a lo mejor van a ser ellos.

En 2008 murieron tres muchachos en 9 de Julio corriendo una prueba a la que llaman “gallo ciego” (cruzarse a toda velocidad con las luces de las motos apagadas). En noviembre de 2015 otros tres cayeron enredados en sus mismas máquinas, en la ruta 5, cerca de Trenque Lauquen. La autoridad no alcanza (ni siquiera la paterna), la psicología explica. Ellos ¿sabrán decir por qué lo hacen?

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