Narrar lo inenarrable

El lunes fue tema excluyente en los espacios informativos y en el universo cotidiano de los corrillos y mesas familiares. La masacre de Hurlingham, como se denominó de inmediato al múltiple homicidio, estremeció.
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Era lógico que así fuera, una mujer baleada en lo que se puede pensar un arrebato pasional; luego el silenciamiento de quienes pudiesen ser testigos e inculpar. Y tal vez –nunca se sabrá- el impulso de acallar al niño por nacer como si el asesino hubiese pensado que por una misteriosa ósmosis, a través del vientre de la madre, lo pudiese señalar en el futuro.

Sobre este episodio, como en tantos, se desgrana toda la constelación de comentarios desde el análisis psicológico o psiquiátrico hasta el de la gente del común. Lo cierto es que se pueden explicar algunos comportamientos, pero nadie puede llegar al fondo real de la mente. Donde ni el mismo sujeto alcanza a discernir por qué obra de ésta o aquella manera.

La sociedad argentina en su conjunto tiene una serie de cualidades que suelen cautivar a los extranjeros: la cordialidad, el “familierismo” y una buena porción de bonhomía. Las reacciones de rechazo por motivos raciales o religiosos que han ensangrentado y siguen ensangrentado a tantos pueblos, son acá episodios aislados, y francamente condenados.

Por eso esta catarata de muertes ha conmovido tanto. Posiblemente lo sucedido en Hurlingham sea, además, el inenarrable récord de tratarse del mayor número de personas asesinadas por un mismo sujeto en tan breve lapso. Hace 25 años mataron a seis en La Payanca pero nunca se supo si obraron uno, dos o más asesinos. Carlos Robledo Puch mató a once personas entre marzo de 1971 y el 1 de febrero del 72. Lo detuvieron tres días más tarde. Está preso, hasta ahora.

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