Momo no quiere líos

La controversia instalada en torno al recorrido del corso, va mucho más allá de un enfrentamiento dialéctico entre un grupo de vecinos que hipotetizan sobre actos dañinos que los pudieran afectar, y la Municipalidad que se juega por una fiesta de color y alegría en un marco de seguridad para los bienes y las personas. El tiempo será el mejor juez; veremos de qué hablamos el 1 de marzo.
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No es ninguna novedad poner sobre el tapete la realidad de distintos actos de vandalismo y/o daños que se registran a lo largo del año en distintos puntos de la ciudad. Carteles y canastos doblados, pintadas de aerosol que estropean frentes recién pintados, vidrios de vehículos trizados sin intenciones de robo. En general se trata de hechos perpetrados por uno o más desadaptados.

Es cierto que riesgos de este tipo se potencian cuando, como en el caso del Carnaval, debemos hablar de mucha gente. También es cierto que desde tiempos inmemoriales Carnaval fue sinónimo de relajamiento y corrimiento de costumbres. Dicen que las chismosas de antaño ante algún nacimiento de sospechoso engendramiento, contaban hasta nueve para atrás y terminaban en el último efímero reinado de Momo. Y es historia que la Iglesía Católica colocaba el inicio de la Cuaresma como un freno de hierro a las disipaciones.

Se supone que las costumbres han variado, que el corso no se esconde detrás de una inmensa máscara para amparar desmanes. Como ha sucedido siempre en toda reunión multitudinaria, se cruzarán muchas veces los vecinos respetuosos de la ley y el orden y los que no lo son. Y esto a nadie debe espantar, a menos que nos hayamos vuelto puritanos.
Tenemos el registro de multitudes en festivales, exposiciones rurales o distintos encuentros en los que han reinado el orden y el respeto.

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