El tren de los sueños

Allá lejos y hace tiempo, esperar el tren en la Estación era un paseo distendido y suave. Mucha gente se reunía en el andén de la estación para despedir a los que viajaban a Buenos Aires, y recibir a los que llegaban, muchos con un montón de sueños.
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También una vieja foto nos recuerda al poeta Almafuerte despidiéndose en la estación ferroviaria rodeado de mucha gente, entre las que estaban quienes fueron sus discípulos –o alumnos- abordando el monstruo de acero con destino a la La Plata, la ciudad burocrática, donde se radicaría para ser funcionario en la Legislatura.
El poeta del “yo sembré abecedario donde mismo se siembran los trigales”,saluda agitando su sombrero de anchas alas a una muchedumbre que deja deslizar en sus rostros las lágrimas de una despedida no programada. Es el tren que arranca con un mugido, dejando detrás suyo una nube de vapor que a los minutos se disipa en el ambiente, y el ruido del silencio se hace noche en los rostros compungidos.
Es también el tren de las grandes muchedumbres que trasladaban al general Perón por los años ’45, como al nuevo líder que se proponía redimir a la clase trabajadora de la opresión de los poderosos que no entendían de horarios ni de conquistas sociales. Es el tren que deja de funcionar por imposición del Fondo Monetario Internacional al Presidente Frondizi para promover el transporte automotor. Es el tren que agoniza por imposiciones políticas, y que deja en lastimeras soledades estaciones abandonadas, y pueblos enteros que nacieron a su vera y luego languidecieron para ser testigos de la decadencia. A la distancia, imaginamos al poeta Almafuerte, despidiéndose de estas tierras y tormentas de arena.

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