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de Trenque Lauquen

Trenque Lauquen

El Oriente, el viejo almacén de Lértora: una mirada al pasado

El Oriente es un edificio imponente. Emerge en la llanura, y los dibujos de sus molduras trabajadas sobresalen en el camino polvoriento que conduce desde la ruta 33 hacia la Estación Lértora, justo antes de la curva que deja ver la estación del ferrocarril, la ermita, la escuela, la vida del paraje que ostentó un enorme movimiento a principios de siglo pasado y que se fue apagando con los años, al igual que los primeros pobladores que se asentaron en el lugar.

El Oriente fue un viejo almacén. Hoy es el edificio del viejo almacén porque de aquel lugar de ramos generales de los Brandoni, sólo quedan las paredes, los muros perimetrales, las enormes persianas de hierro que caen al suelo como una sentencia inapelable: el paso del tiempo, la interrupción del servicio de trenes, el despoblamiento del lugar se llevó a la gente y la vida social, entonces ya no era necesario un lugar que vendiera velas o sirviera un trago a un parroquiano, alcanzara un mazo de cartas para orejear en truco, o la guitarra a algún visitante con virtudes musicales.

El boliche cerró. Su edificio debería tener destino de museo o patrimonio histórico y cultural. Ser parte de una recorrida obligada en una guía turística por el distrito de Trenque Lauquen, o ser incluido en un libro, pero eso no ocurrirá. La mención más reciente en una publicación es Desde el Andén, un libro que recoge historias rurales de Trenque Lauquen de 2012 y en aquel momento aún funcionaba.

Guillermo González es uno de los herederos familiares que tuvo la llave del negocio en los últimos tiempos. Dice que va a encarar una serie de reformas, sobre todo en el techo, para conservar el edificio, que no se venga abajo y dejarlo como legado para las nuevas generaciones.

En el libro El Andén se lee que el paraje Lértora recuerda a Alejandro Lértora que donó las tierras para levantar la Estación ferroviaria. Alrededor del año 1909 esas tierras fueron fraccionadas y rematadas, justamente el mismo año en que se produce el tendido de la línea férrea, dando origen ese año al paraje.

Las familias compradoras fueron poblando el lugar. Les tocaba la ardua tarea de transformar ese terreno inculto en un suelo apto para la agricultura y la ganadería. Entre ellas podemos citar a las siguientes familias: Zemma, Grossi, Lamattina, Brandoni, Chrestía, Casola, Barragué, Alastuey, García Salinas entre otros.

“Lértora aparecía como un importante y floreciente lugar donde las tierras se brindaban para la agricultura y la ganadería. El ferrocarril fue el receptor del crecimiento agrícola-ganadero, llevando cereales y animales hacia el puerto de Buenos Aires. La línea ferroviaria iba desde Winifreda hasta La Zanja”.

“Todo este gran desarrollo de la zona implicó la creación de una escuela. El 14 de junio comenzó a funcionar una escuela en el campo del señor Juan Grossi con el número 14. Su maestra era Laura Elisa Alda y contaba con una matrícula de 27 alumnos. La escuela estaba edificada con barro y madera”, se lee en una publicación que hizo la propia escuela para su centenario.

Historias mínimas

Cuenta la historia que el almacén abrió sus puertas en 1924 y que los Brandoni habían llegado en los barcos provenientes de Italia. En Lértora ya había un boliche, el de los Alastuey, pero no sobrevivió en los años y hoy no queda ningún rastro del inmueble.

Florentino Celestino Brandoni, uno de los hijos de don Juan Brandoni que fue quien abrió las puertas de El Oriente, estuvo al frente durante muchos años, hasta que falleció en 1978. Su mujer, Nélida Esther Gónzalez lo acompañó detrás del mostrador desde 1955 en adelante.

Nélida tiene 87 años. Hace 40 años que vive en la ciudad, aunque suele ir al paraje de vez en cuando a visitar parientes y ahora está organizando su asistencia a la misa del 24 de mayo en la ermita, como todos los años.

El paso de los años le generó dolencias en las rodillas. Dice que la artrosis es el enemigo silencioso de sus piernas pero no le impidieron freír unos buñuelos para combatir la tarde gris y lluviosa de mayo. Como buena anfitriona extiende la bandeja para convidar sus producciones. A mano tiene pocas fotos de su paso por Lértora y recuerda sí, el movimiento social que representaba el viejo almacén.

“La gente no tenía dónde ir, no era fácil venir a la ciudad, entonces muchos pasaban tiempo en el almacén. Había mucha gente en época de cosechas, muchos changarines y la gente de las estancias” dice hoy Nélida y recuerda que había una habitación en el patio a la que llamaban “la secadora” donde más de una vez alojaron a changarines de paso y algún crotto como le decían en aquella época a la gente en situación de calle.

“Estaba el policía, el jefe de estación, la escuela, y no mucho más. Los hombres se juntaban a jugar al truco y nosotras al chin chon, todas en el almacén” recuerda para OESTE BA.

Guillermo González, su sobrino, fue el último que tuvo el almacén abierto. Nació y se crió allí, fue a la escuela del lugar y anunció que el próximo mes inician la tarea de refaccionar el techo del inmueble que está cerrado. Quiere que sea un lugar histórico. Según cuenta parte del mobiliario original está adentro aún, y espera poder conservarlo todo como en las épocas de gloria.

En Lértora hoy los dos edificios de la estación de trenes fueron cedidos a vecinos que viven allí y que los cuidan. La casa del empleado del Ferrocarril está cerrada y ya no hay mucho más para contar. La publicación del centenario de la escuela señala en su párrafo final “el Paraje Lértora no es el mismo de hace cien años atrás, ya no se siente el bullicio de la gente que espera el tren, ni el rechinar de las ruedas de los carros que acercaban los bolsas de cereal, ni la reunión de los campesinos que llegaban a los grandes almacenes de Alastuey y Brandoni. Hoy el único motor del lugar es esta pequeña escuela que con mucha alegría festeja sus 100 años, escribieron en 2012 y la situación sigue siendo igual.

Al igual que otros parajes rurales de Trenque Lauquen, Lértora permanece detenida en el tiempo, como el viejo almacén El Oriente, testigo silencioso de un tiempo que fue y no volverá.

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