El Olimpo de nuestros supremos

3

“Este supuesto Coronel del Ejército aludió a la magnanimidad de las Fuerzas Armadas, por haberme dejado con vida, porque habría sido mucho más fácil eliminarme, total de esto nadie se iba a enterar. Que considerara que esto no sucedió, que esto no ocurrió… entonces yo le dije: -mire, aún cuando yo pusiera toda la fuerza de voluntad para considerar su sugerencia de que esto no sucedió, esto sucedió. Porque está archivado en mi memoria y estará en la memoria colectiva.” (Nazar, Juan Ramón, 24 de agosto de 1978, día de su liberación)

La sub comisaría Don Bosco o Puesto Vasco, contaba, allá por el `77, con un pasillo desde donde se accedía a las celdas y, como al final, a un “salón social”, un lugar donde las personas se reunían y conversaban.
En ese espacio solían encontrarse, entre otros, el reconocido Jacobo Timerman y mi padre, Don Juan Nazar. Un judío poderoso y un árabe muerto de hambre unidos por el espanto, el dolor y la muerte que los rodeaba. Pero que por breves minutos diarios lograban evadir.
Se terminó el recreo y de nuevo a reclusión. A sus dos metros por 80 cms oscuros y húmedos, a las cartitas escritas a la luz de la vela, a las noches de música a altísimos volúmenes, al resplandor y el olor de las llamas descarnantes, a las ausencias de los días siguientes.
Alguien consideró que los presentes descarriados necesitarían apoyo espiritual y para esos oficios nadie mejor, en esta oportunidad, que el Capellán de la policía bonaerense, Christian Federico von Wernich quien además tenía como objetivo sacarle información a los detenidos y de paso acallar cualquier acción de búsqueda de las familias.
“Ninguna persona, y menos un sacerdote, podía desconocer lo que pasaba. Si llegó allí es porque fue autorizado por el jefe del lugar. Ingresó con absoluta tranquilidad, sabía los nombres de todos. No llegó allí por casualidad”, aseguró mi padre, en julio de 2007 en el transcurso del juicio oral al cura. Todos -los que pudieron- situaron al sacerdote de la Iglesia Católica, diócesis de Nueve de Julio, dentro de los campos de concentración.
Durante su secuestro, mi casa estuvo permanentemente vigilada, el teléfono pinchado, el emisario local llegaba a nuestra puerta a la madrugada para transmitirnos que “dejáramos de buscar”, mi hermano que estaba estudiando en Capital Federal fue amenazado para “persuadirlo” de continuar interesándose por el paradero de nuestro padre.
Fueron tiempos donde la permanente y sombría amenaza se cernía sobre nuestro hogar.
Eso sin contar las penurias emocionales y económicas. Y lo que dejó….
Este fallo de la Corte Suprema del 2×1 aplicado también a los acusados de crímenes de lesa humanidad y por lo tanto imprescriptibles me ha dejado absolutamente desorientada, desconcertada y, debo reconocer, remueven sentimientos que suponía acorralados.
Por más que esta acción pueda tener alguna lógica jurídica, contradice el sentido común con el que la una buena parte de los mortales que pisamos el suelo argentino nos manejamos.
En el Olimpo donde habitan nuestros jueces supremos, liberar a apropiadores de bebés, asesinos y torturadores, ¿Será Justicia?

Comentá a través de Facebook

3 Comentarios

Responder