de Trenque Lauquen

Por: Daniel Balditarra

El día después del Covid 19

Son tantos aquellos que sostienen que el mundo cambiará después que pase el Covid-19. Esta semana diversos diarios del mundo publicaron una entrevista al escritor francés Michel Houellebecq quien no solo sostiene que nada va a cambiar si no que el mundo futuro será peor.

Los cambios ocurren cuando los grandes temas de la vida vienen analizados y profundizados. El nacimiento y la vejez presentan al hombre en una condición de fragilidad y de dependencia. En este sentido Houellebecq escribe: “la muerte nunca ha sido tan discreta como en estas últimas semanas”. “Las personas mueren solas en su hospital o en las habitaciones del geriátrico, son inmediatamente enterradas (¿o cremadas? La cremación coincide más con el espíritu de los tiempos), sin invitar a nadie, en secreto. Muertos sin el más mínimo testimonio, las víctimas se reducen a un número más en las estadísticas de muertes diarias, y la angustia que se propaga en la población a medida que aumenta el total tiene algo extrañamente abstracto”.

Los viejos son números, anónimos desaparecidos. Se mueren solos sin funeral y no entre amigos si no en compañía de enfermeras y médicos. Otros ni siquiera llegan al hospital y se van de este mundo en la inmensa soledad de geriátricos logísticamente perfectos donde hay todo, pero carentes de afecto. De una parte, son considerados jóvenes para trabajar hasta 70 años, por otro lado, son ancianos para ser curados y salvados. Recuerdo al lector una afirmación de Bioy Casares: “Los hechos de su vida, como los de un sueño, su vuelven incomunicables porque a nadie interesan”. El mismo Bioy más adelante concluía: “Esta es la juventud que debía pensar por sí misma. Piensa y actúa como una manada. Como una piara. Una piara de cerdos”. (Bioy Casares, La guerra del cerdo)
En tanto los extremos de la vida no vengan repensados con seriedad y repensarlo comporta considerar la vida humana en armonía con la ecología y la naturaleza. Hay que repensar los geriátricos: ¿Quienes lo gestionan poseen una formación ética, una idea de la persona o son simples gestores de una empresa? ¿Estos lugares son para sustituir la vida familiar, el espacio, los árboles, la libertad o son simplemente cárceles donde el prisionero hace amistad con la muerte?
Observando además el panorama universal de la pandemia, no vemos cambios fundamentales en la política. Las ideas son siempre las mismas. En Europa abundan las derechas extremas con sus populismos que miran el voto inmediato.
Hay una carencia de líderes a nivel global que deja esta situación en un plano superficial. Veo también el mito de “la eterna juventud” multiplicarse en la proliferación de los gimnasios, tanta gente en los parques y en las plazas que corren sin el barbijo. Otros se agrupan en un modo irresponsable dejando pasar este mensaje: “yo soy joven e inmortal, yo no muero, muere el tío, la tía, el abuelo”. Esta filosofía del gimnasio sobre los libros, el predominio del cuerpo sobre el espíritu es la mejor aliada de la pandemia. Es también prueba tangible que todo seguirá igual.

En 1945 Europa estaba llena de ruinas. La población reducida a mujeres, niños huérfanos y ancianos. El hambre, la ausencia, las condiciones de miseria de la gente favorecieron los planes de reconstrucción. Hoy también hay muerte, pero muerte escondida. Los sobrevivientes son hombres y mujeres jóvenes sin conciencia de bien común y con el individualismo radicado como valor. Los abuelos de la guerra y del boom económico se fueron con el Covid 19.
Los nietos esperan sin la conciencia del cambio tímidamente aplaudiendo al personal sanitario que no hace otra cosa que cumplir con su deber.

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